La clase imaginada: la exclusión social cabraleña

 

 

Por Welnel Darío Féliz

 

El 27 de febrero de 1944 se inauguró en Cabral el parque Los Trinitarios. Fue un acontecimiento urbano que marcó la vida social de la gente, pues ese lugar, otrora sitio De viviendas y solares baldíos, pasó a ser el espacio central, sitio de reunión y esparcimiento de la comunidad. Ese día el ayuntamiento celebró una fiesta en los salones del Club San Rafael (hoy Club Casino Nuevo Amanecer) destinada a las autoridades y algunas personas de la población, mientras en otro sitio la gente festejaba.

 

Dos años después, el 24 de marzo de 1946, se inauguraron las instalaciones del mercado. Para la ocasión se realizó otra fiesta, pero esta vez en los salones del palacio municipal, mientras el pueblo disfrutaba de su música típica en los alrededores de la nueva edificación. En la ocasión, la fiesta inició con una alborada a ritmo del sexteto Brisas del Yaque, seguido del acto inaugural, luego un mitin en favor de Trujillo, un banquete ofrecido por el ayuntamiento a los visitantes y las fiestas. En los años siguientes se continuaron inaugurando obras, hasta entrada la década de 1970, repitiéndose el mismo patrón: fiestas para la “clase alta” del pueblo en los salones del Club y populares en las calles de la población.

 

En Cabral y en otros pueblos de la región, de no mucha población por demás, se arraigó la idea de grupos de poder, de “clase alta”, cuyo accionar excluía de los escenarios a los habitantes de los barrios y secciones cercanas. Estos hombres y sus mujeres eran las autoridades: síndico, oficial civil, regidores y otros, pero también a profesores, empleados públicos y privados, comerciantes, grandes productores agrícolas, militares y otros. La hegemonía social no solo estaba dada por su condición, sino por vivir dentro del radio del centro del pueblo. El espacio principal era entre las calles Independencia y presidente Báez, Duarte y San Andrés, lugar conocido hoy como “El Centro”.

 

Así, barrios como El Pueblo Arriba, El Pueblo Abajo y El Llano, que bordeaban a El Centro y que iniciaban exactamente en los límites de las calles, aunque interactuaban más directamente, estaban excluidos de la vida social del centro, de sus fiestas y de la política. Por demás los más lejanos, como Los Botaos, El Guayuyo, Majagual, Mamonal y La Peñuela no hacían vida frecuente en esos espacios centrales. Hace poco menos de cuarenta años que la gente de La Peñuela se integró de lleno a la vida social de la comunidad y todavía hoy en día es frecuente escuchar a la gente de allí y de Los Botaos decir “voy pal pueblo” cuando se traslada a los predios del parque. La Peñuela en años recientes viene reclamando su representación, en contradicción con la hegemonía de los de otros sitios, en un escenario constante de luchas por su reconocimiento, participación y la búsqueda de identidad.

 

Aunque la convivencia social era sencilla y llevadera, en la que se permitían la interacción del colectivo en la vida cotidiana, cuando se trataba de las fiestas en el club, a los habitantes cabraleños allende El Centro no podía entrar, para ello una persona se apostaba a la entrada en impedía el acceso a todo aquel que viviera en los barrios o que no tuviese las condiciones económicas suficientes para pertenecer a los grupos de poder.

 

La exclusión era, sin embargo, vista como normal, aunque más de uno pasó por la vergüenza de ser sacado del club o de impedírsele la entrada, sin que, sepamos, reaccionara de forma airada. De hecho, mucha gente cuenta la situación sin resentimientos, pues entendían que cada quien vivía en su espacio y las personas de poder eran los que pertenecían al club y participaban en las fiestas y banquetes que ofrecía el ayuntamiento.

 

Sin embargo, con todo y la exclusión que permeaba en los grupos populares, los habitantes del centro eran en realidad una clase imaginada, pues aunque se sentían superiores por vivir en mejores casas y sitios del pueblo, toda la convivencia era igual en el colectivo, la alimentación era la misma y la concurrencia a los lugares comunes, como el mercado, el parque, los bares y cabarets, aunque se restringían las oportunidades.

 

La situación excluyente impulsó cambios en los barrios. En ellos hombres y mujeres construyeron sus propios espacios e instalaron bares y cabarets, algunos de mucha fama en toda la comunidad, lugares que se convirtieron en los escenarios en que sus habitantes hacían vida social, en competencia con otros que existían en El Centro.

 

En las décadas de 1970 y 1980 se impulsaron cambios importantes y la exclusión fue quedando atrás, principalmente impulsado por la ampliación de las escuelas, la apertura del liceo secundario, los estudios universitarios, la aparición de los clubes culturales, el crecimiento de los barrios, la mejora de la economía de sus habitantes y la inserción paulatina de muchos jóvenes en los escenarios políticos y sociales que otrora era reservado a pocos. Fue así como nuevos empleados, profesores y enfermeras habitantes de los barrios se integraron a los espacios de los grupos considerados de poder, así como a participar en la política. Por igual, otros irrumpieron en los nuevos escenarios que se venían verificando.

 

Fue de tanto impacto, que en pocos años ya la sociedad cabraleña estaba integrada sin exclusiones. Sin embargo, el fenómeno sociológico de años hizo sus estragos, pues aunque el centro del pueblo no le parecía tan lejano, el salón del Club Casino Nuevo Amanecer, escenario principal de las exclusiones, siguió siendo mentalmente exclusivo, al punto que la gente prefería quedarse en los bares de los barrios antes que asistir a las fiestas allí escenificadas. El viejo club, imaginario de la superioridad de clase, perdió importancia, así como quedó atrás la exclusión y la desigualdad.  

 

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