El Instituto Duartiano o la discriminación patriótica

El Instituto Duartiano o la discriminación patriótica

 

 

Por Welnel Darío Féliz

 

El origen de la paternidad patriótica de la República Dominicana concedida a una trilogía, Juan Pablo Duarte, Francisco del Rosario Sánchez y Ramón Mella, es conocida. Fue a partir de 1894 que se reconoció oficialmente a nuestros próceres como los de más alta participación en la independencia, cuando por resolución 3392, del 17 de abril, se ordenó levantar un monumento en bronce de tres caras, en cada una de las cuáles se consignaron los indicados nombres. A partir de este año se fue arraigando poco a poco la aceptación colectiva de la trilogía paterna y el Estado se encargó de promoverlos, en sus objetivos de la consolidación de su identidad patriótica.

 

La trilogía patriótica, sin embargo, no se mantuvo incólume, sino que encontró defensores y opositores a uno u otro prócer. Algunos se inclinaron por la defensa a Sánchez, otros a Mella y los más a Duarte, hasta que se creó la idea de que, en realidad, Duarte es el principal Padre de la Patria, tal vez el único, y que los demás no tenían los méritos suficientes para estar en la misma posición. Ese criterio ha trascendido el tiempo y todavía en el siglo XXI es motivo de discusión entre historiadores e historiadoras, quienes, sin desmeritar a los demás, cargan en los hombros de Juan Pablo todo el trabajo que culminó con la independencia. Sin embargo, aún con las posiciones encontradas y las consideraciones sobre la preeminencia duartiana, no se han cambiado los criterios históricos de la trilogía que se impuso en 1894 y los libros de historia la recogen sin más, aunque subyace la idea del duartianismo.

 

Esta preferencia duartiana alcanzó altos niveles en 1967, cuando mediante el decreto 1892, del 7 de diciembre, se creó el instituto duartiano, instituido como órgano oficial, con la justificación y premisa de difundir la vida y obra de Duarte. En el 2001 se elevó a la cúspide normativa, pues por la ley 127-01, del 27 de julio, se le concedió autonomía, además de que todo lo relativo al uso de sus imágenes debería ser aprobado por él. Previamente, tales atribuciones le habían sido establecidas en 1970, mediante la ley 550, del 16 de marzo. Además de reunir las atribuciones del instituto en una ley, se sancionó la profanación del nombre de Juan Pablo Duarte, con penas de hasta un mes de prisión y dos salarios mínimos.

 

La creación del instituto duartiano y la posterior sanción a la profanación del nombre de Duarte se maneja como el estandarte de las luchas por la difusión y la preservación de los más sublimes valores patrióticos, representados en él. Así, este órgano oficial no solo posee el monopolio del manejo de la imagen y del nombre, sino que difunde la historiografía duartiana y todo lo relativo a su familia. Como efecto colateral, la difusión duartiana a empequeñecido a la trilogía patriótica impuesta por el propio Estado y que figura en los libros de historia.

 

Se trata entonces de una discriminación histórico-patriótica contra los demás integrantes de la trilogía, Francisco del Rosario Sánchez y Ramón Matías Mella, aupada por el propio Estado que la creó y sostenida por el instituto duartiano, en un afán desmesurado de engrandecer a Juan Pablo Duarte. Se trata de una segregación intencionada de los demás patricios, al punto de la declaratoria del día del natalicio de Duarte como no laborable, el intento de hacer apoteósico su bicentenario, la persecución del mal uso de su nombre o su profanación, la creación de un museo de Duarte y el olvido del bicentenario del natalicio de Mella y de Sánchez en 1916 y 1917, respectivamente.

 

Se trata de una contradicción en las actuaciones del Estado, una injustificación que solo puede ser explicada por las concepciones históricas de aquellos que en su momento han impulsado a Duarte como el único padre de la patria, a los cuales el Estado, sin observar sus propios puntos disidentes, obtempera en sus requerimientos. No se observa en que tales contradicciones crean confusión en la población, al punto de lo inexplicable de la trilogía, lo que culmina por enflaquecer su figura ante la mirada de los dominicanos y dominicanas, los cuales deben ver en los patricios, por igual cada uno, un ejemplo a seguir en sus luchas por la fundación y el sostenimiento del Estado dominicano.

 

Aunque no necesariamente comulgo con la vulneración al derecho a la libertad de expresión que constituye las referencias a un personaje histórico como Duarte, es inexplicable cómo a ningún otro miembro de la trilogía se le trata con tal consideración. Sobre ninguno de ellos pesa la posibilidad del cuidado del uso de su imagen, ninguno cuenta con un órgano que impulse el conocimiento de su obra y su labor. Es por ello que, desde el punto de vista histórico, ese instituto duartiano constituye una paradoja irracional, un error estatal, en la medida en que discrimina patrióticamente a los otros dos miembros de la trilogía aceptados desde 1894.

 

Ese instituto duartiano debe desaparecer y dar paso a un instituto patriótico, o por lo menos crear el instituto sanchista y el instituto mellista, que permita la difusión de la obra de los tres padres de la patria, sin inclinarse sobre uno de ellos, en consonancia con los objetivos del Estado y con la construcción histórico-patriótica dominicana. Poco a poco nuestros dos patricios, Francisco del Rosario Sánchez y Matías Ramón Mella, que aparecen en cada lado de Juan Pablo Duarte en la mayoría de los lugares públicos, se olvidan, se relega su obra y sus luchas por la independencia, lapidados por el propio Estado.

 

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