Construyendo sueños, destruyendo realidades

Construyendo sueños, destruyendo realidades

 

 

Por Welnel Darío Féliz

 

Hace unos pocos años, el esposo de mi madre decidió poner a producir algunas tierras en la Isleta, en Cabral. Él estuvo alejado de la producción agrícola, pero poco antes de su retiro compró algunas tareas de sus hermanas y junto a las suyas, preparó unas 60 y las sembró de plátano. Durante meses era notorio su afán; primero, en la reparación de las cercas, preparación del terreno y el arado; segundo, en la búsqueda de las cepas, siembra y regadío. En todo, su emoción era constante, pues había llegado a sembrar unas cinco o seis mil matas, las cuales crecían con la fuerza de esas tierras y auguraban cosechas y cortes abundantes. Durante ese proceso, de poco más de un año, gastó bastante dinero e hizo un contrato a la tercia con una persona del lugar.

 

El verdor de las matas de plátano en un plano horizontal era encantador y vaticinaba cortes de varias docenas de cargas, que en poco tiempo le permitiría, no solo recuperar la inversión, sino medianamente vivir, él y su contratado. No mentían las hojas. Llegó el día del primer corte y, tal como lo esperaban, fue satisfactorio y placentero. Al primero siguió el segundo, el tercero, el cuarto. Pero la venta de los plátanos trajeron consigo una realidad: ¿A quién vender? Él no poseía la logística para trasladar sus productos a Santo Domingo, tampoco para llevarlos por los pueblos cercanos, entonces acudió a los camioneros. La estrategia de estos intermediarios era clara: compraban las cargas mezcladas entre plátanos grandes y medianos, pero a mitad del precio. Al principio se resistió, principalmente porque sus primeros cortes fueron con granos grandes, pero luego tuvo que ceder o perdía la venta. Aun así los resultados eran aceptables.

 

Un buen día, de momento, llegó la sequía a la zona. Él vio con impotencia cómo le resultaba casi imposible mojar de forma completa sus predios: el agua servida era bastante dosificada. Pero siguió hacia adelante, sosteniendo lo más posible su predio, viendo bajar las condiciones del producto y algunas zonas casi morir por la falta de agua. Al poco tiempo recibió la noticia de que la bomba de agua se había dañado y que el servicio de regadío no sería posible. Poco a poco, las condiciones de la finca platanera bajó casi al mínimo, únido al poco tamaño de los plátanos, muy común en los primeros meses del año.

 

Los meses siguieron, con la bomba dañada, agua dosificada y ventas baratas y escasas, pero resistiendo en lo posible, solo produciendo para pagar el mantenimiento y allí apareció un temporal. Aunque los vientos no fueron tan fuertes y el huracán pasó muy lejos de la zona, varios cientos de matas de plátano se fueron al piso, y detrás vino lo peor: una avenida del río anegó casi la mitad de la finca y, naturalmente, murieron la mayoría y si no todos, porque la posición del terreno permite que el agua se retire con rapidez.

 

El dilema de la siembra era peor que en sus inicios, pues la inversión para su recuperación era muy similar a la inicial, pero ya en estos momentos el ímpetu había desaparecido, la experiencia de las ventas era cercana al trauma, la falta de agua, el golpeo del clima y los robos. Me cuenta mi padrastro que en medio de esas condiciones miró a su alrededor y, simplemente, el cuadro era similar, que si bien no fue una consolación, generó un espíritu de desasosiego e incertidumbre que lo motivó a pensar en irse y vivir tranquilo de su pensión. Pero decidió seguir, tal y como lo han hecho tantos hombres y mujeres del sur, aunque sea para autoabastecerse y permitir que su contratado sobreviva, con la esperanza de mejorar algún día.

 

Lo ocurrido con el esposo de mi madre es real, no es ficción y es muy similar a lo que pasa a la mayoría de los productores del suroeste que quieren vivir de la tierra, recurso esencial del suroeste y motor de su economía. Es un cuadro que se repite: no hay agua, las bombas que se dañan no se arreglan, no existen cadenas de abastecimiento, industrias agrícolas alimentarias, mecanismos de ventas de mercado, exportaciones ni logísticas de apoyo. Por eso nuestros agricultores abandonan sus predios, sus hijos prefieren vivir de cualquier otra cosa. Destruimos así la realidad de la región.

 

Y mientras tanto construimos sueños. Se impulsa el turismo como una solución, cuando sabemos que Barahona y la región poseen un potencial turístico bajo, desde el punto de vista del modelo actual y principalmente ante la falta de incentivos en la zona a tales fines. Naturalmente, los impulsores del turismo encuentran apoyo en los inversionistas, que han centrado su atención en esta industria, vendida como la solución a los problemas suroestanos, campañas dirigidas a promocionar los atractivos costeros, olvidando todos los demás componentes que poseemos y que deben dar vida a la región. Si el turismo logra posicionarse, al final los barahoneros, históricamente centralistas, se alzaran con el santo y la limosna, y nuestros pueblos continuaran viviendo de las pocas migajas que puedan dejar caer, en la medida en que la exclusión se materializa, en un escenario en que la ciudad de Barahona tiene muy poco que ofrecer.

 

Para cuando todo ello ocurra, nuestros predios agrícolas morirán, al igual que nuestros abuelos, que son hoy los que los cultivan y morirán con ellos las esperanzas de mejoría. Y no sucumbirán por fuerza de la naturaleza, sino que las políticas estatales, el abandono colectivo, la falta de inversiones en industrias  y las apetencias de inversionistas locales y extranjeros los mataran.  

 

 

 

Un Comentario

  1. Noel Rodríguez Bautista

    Es una pena que las ciudades cabecera de las provincias no se dan cuenta que la inversión debe distribuirse en todos sus municipios, dando paso a que se limite la producción y la generación de riqueza en su población provincial.

Dejar Tu Opinión