Carta a Fernando Batey

por Juan Matos

Sempiterno Fernando… ahora que nos estamos yendo ―ley de vida― resulta inevitable atinarle a la conciencia; levantar los huesos, rescatar las cenizas, dejar claro el panorama, las estelas, los pasos que trillamos en la pluralidad de esa existencia que hoy se viste de memoria.

Memoria… cuerda vital a la cual nos asimos para sabernos vivos mientras, cada vez más, las pinceladas se asoman al ocaso y el cuadro colorido se estampa en nuestros ojos tal cual es, certero, inapelable, equidistante de las albas y crepúsculos ya idos…

Tú lo sabes, Fernando. Es más, se me hace que siempre lo supiste. Solo que en el vaivén del tiempo el mozalbete cambió de pantalones lo mismo que las calles, la escuela, la novia y el aroma…

Y de repente ―y acaso tampoco fue nada de repente y acaso todo era un simple “a sí son las cosas”― hasta que ya no importó más si eras plural o singular, si el yo eras tú, si tú eras yo o aquél; en fin, la existencia aceptó el gris del abandono repetido en centurias repetidas y acaso, de riel en riel, de conito en conito zurcíamos la vida de quincena en quincena, de tiempo muerto a tiempo muerto, de vagón a vagón, nos molimos, nos aguarapamos, nos centrifugamos, nos hicimos bagazos, rumiantes bagazos, perenne dieta de calderas calcinantes, nos hicimos cachispa al viento bateyero hasta quedar sin nombres…

Tal vez por eso, Fernando, quedamos pincelados en el raudal del tiempo que moldeó la arcilla, mas preservó la esencia en el ojo-pincel, en las canvas eternas del aliento que aun late… a pesar de las palmas despalmadas que no ondean jamás con aquel verdevida que centellaba a diario, cuando el viento vivaz ordeñaba esperanzas… a pesar del silencio de las locomotoras ―otrora invencibles, ciclópeas― acarreando vagones infinitos con chillido de niños jugándose la vida por los gajos de cañas peladas con bravura de dientes desgarrantes ―heróicas hazañas de la niñez eterna… a pesar de la ―hoy, diminuta dimensión del puente del Ingenio; de aquel puente ―ícono singular― que diariamente y sin horario, unía el amor que las madres excelsas emanaban desde sus solemnes cocinas, hasta íntimo rincón de la factoría donde los padres regios engrasaban el milagro del honesto sustento…

Esos padres plurales venidos de los campos y bateyes en el enano tren, traían en sus macutos la certidumbre del día sobre sus férreos lomos, y el decidido empeño ―fardo de la honradez― atado al cinturón de la perseverancia… a pesar de la ausencia del autobús de obreros venidos desde el patio mayor de Barahona, los obreros del Pueblo forjadores también del batey y su historia; sólidos troncos, todos, Fernando, todos, preñaron madrugadas lluviosas, ardientes mediodías; todos, Fernando, todos, extendieron crepúsculos llameantes hasta tibiar las noches ―a la luz de faroles― en los campos y fincas que nunca fueron suyos…

Todos, también ellas, nuestras madres también fueron obreras de las zafras sin fin; amaron a la luz de la luna; platearon los trapos en las rigolas de los cañaverales; cocieron sus vidas en fogones de penas y con épico temple ―ente de sus entrañas― nos blanquearon el tizne del absurdo calendario, preñado de injusticias… Todos ellos, Fernando, llevaron en la piel a los otros Fernando que paralelamente fuimos ―y seguiremos siendo― atados al cordón umbilical de la epopeya bateyera

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