De la trinchera del honor a la casa

Por:LEONARDO MERCEDES MATOS

Los combatientes constitucionalistas asistimos a nuestra última cita en la “Plaza de la Constitución”, (fortaleza Ozama) el 3 de septiembre, convocados por el presidente de la República en Armas, coronel Caamaño Deñó, para renunciar y dar paso al Gobierno Provisional del Dr. Héctor García Godoy, surgido de los acuerdos logrados con la Comisión Negociadora de la ONU.
A las 6:00 de la mañana la voz estentórea de Jesús Torres Tejeda, a través de la Radio Constitucionalista, nos levantó con el grito acostumbrado e inolvidable de “Un día más dominicanos, un día más…”.

Era la última vez que, unidos y al calor de las consignas revolucionarias enarboladas por las masas armadas, escucharíamos la voz de nuestro Comandante en Jefe, esta vez agradeciéndonos el gesto de haberle acompañado y expuesto junto a él nuestras vidas en defensa de la patria, a la vez que reiterando el compromiso de honor, sellado con sangre, de continuar la lucha hasta lograr la verdadera independencia y soberanía nacional.

El cuerpo se me engranuja aún al recordar, como si estuviera oyéndole decir las célebres palabras con que Caamaño inició aquel histórico discurso: “Pueblo dominicano: Porque me dio el pueblo el poder, al pueblo vengo a devolver lo que le pertenece. Ningún poder es legítimo si no es otorgado por el pueblo, cuya voluntad soberana es fuente de todo mandato público…”. Y como lo concluyó, pidiendo a los presentes levantar su mano derecha para con él hacer el siguiente juramento: “Juramos luchar por la retirada de las tropas extranjeras que se encuentran en el territorio de nuestro país./ Juramos luchar por la vigencia de las libertades democráticas y los derechos humanos y no permitir intento alguno para restablecer la tiranía./ Juramos luchar por la unión de todos los sectores patrióticos para hacer a nuestra nación plenamente libre, plenamente soberana, plenamente democrática”.

El mensaje penetró hondo en nuestras conciencias; salimos de allí con el corazón henchido de patriotismo, agitando con orgullo la bandera nacional por la calle El Conde. Pero después de la dispersión frente al Altar de la Patria, la incertidumbre se apoderó de nosotros, pues el futuro se tornaba empañado: teníamos que entregar las armas con las que defendimos la patria y abandonar la trinchera.

Hubo conatos de rebeldía, eso no agradaba; pero mucho menos algo peor aún: teníamos que regresar a nuestros pueblos bajo control del enemigo y sometidos a un estado de terror. Regresar para “continuar la lucha contra el imperialismo y la reacción a nivel nacional”, según el decir de los dirigentes, pero desarmados. No teníamos la más mínima idea de qué nos esperaba.

Ese día memorable, unos 6 autobuses de 55 pasajeros nos esperaban frente a la Puerta del Conde para llevarnos de regreso donde habían quedado nuestros familiares con el corazón en las manos durante 5 largos y angustiantes meses y en los que a cada despertar miles de rodillas besaban el suelo frío e igual número de brazos se alzaban hacia “El Altísimo”, elevando plegarias por las vidas y el pronto regreso, sanos y salvos, de los seres queridos.

Procedentes del Comando Barahona, en la avenida Mella (dirigido hasta su trágica muerte por el destacado deportista, cantor y fundador de movimiento estudiantil local Ireno Olivero) y de los comandos del 1J4 y el MPD, afluían al punto más de 300 hombres para abordar los autobuses cansados de esperar. Pasado el mediodía las naves arrancaron, giraron alrededor del parque, como para permitir que sus ocupantes observaran con nostalgia la Zona de la Dignidad y el Decoro y les dieran su último adiós; mientras en lo alto del Altar de la Patria la bandera tricolor, flamante y orgullosa, pero herida, ondeaba a los 4 vientos dando la despedida a los hijos que la habían defendido con firmeza y valentía.

Fue el momento en el que, cual si hubiese sido dirigido por el maestro Gautreaux, de las gargantas truncadas por el dolor y la tristeza comenzaron a brotar al unísono, mezclados con lágrimas que caían a raudales de adustos rostros varoniles,los versos del Himno Constitucionalista, compuesto al calor del combate por nuestro coterráneo Aníbal de Peña: “A luchar soldados valientes, que empezó la revolución, a imponer los nobles principios que reclama la Constitución…”

Los autobuses giraron y cayeron al malecón para luego enfilar hacia el oeste, buscando la tierra rebelde del glorioso Enriquillo. Tras la primera interpretación, y siguiendo un programa espontáneo, brotó la canción de la patria:“Quisqueyanos valientes alcemos nuestro canto con viva emoción y del mundo a la faz ostentemos nuestro invicto y glorioso pendón…” seguida del himno 1J4: “Llegaron llenos de patriotismo, enamorados de un puro ideal…”

 

Luego…el silencio, como si los himnos se hubiesen agotado; pero una voz irrumpió: “Arriba los pobres del mundo, de pie los esclavos sin pan, y gritemos todos unidos ¡Viva la internacional!…“El coro disminuyó, pocos eran comunistas y menos lo sabían, a duras penas concluyeron. Yo no lo sabía, era PRSC, del machete verde, que en enero de 1965 firmó con Juan Bosch-PRD el histórico Pacto de Río Piedras para luchar por el “retorno a la constitucionalidad sin elecciones”, incorporándose a la conspiración que derrocó al Triunvirato e hizo estallar la insurrección del 24 abril, en la cual nos enrolamos desde que el joven perredeísta José Francisco Peña Gómez llamó al pueblo a las calles a apoyar a los militares levantados contra el Triunvirato, a través de Radio Comercial.

La fase patriótica del trayecto concluyó con la declamación del poema “Canto a Santo Domingo Vertical”, del poeta Papo Vicioso, y que yo había aprendido en medio de mis quehaceres en La Zona: entrenamientos militares en la Academia “24 de Abril”, guardias en el Comando Barahona, cursos políticos y actividades culturales. Luego la parte patriótica-romántica: “Quisqueya”, “Espera quisqueyana”, “Libertad”, “Nathalie” y otras de la vieja trova: “La despedida”, “La última copa”, “Las 40” y así, hasta llegar al cruce de Vicente Noble, donde se cortó, pues llegaron dirigentes locales para informar que los militares nos esperaban en el cruce de Palo Alto, a unos 5 km. Se ordenó a quienes portaran artefactos bélicos despojarse de ellos. Allí fuimos detenidos por tropas que nos conminaron a bajar a punta de ametralladoras; revisaron pasajeros y autobuses y nos permitieron seguir.

Una avanzada del recibimiento que nos tenía preparado el pueblo llegó al cruce e informó que las masas en las calles ocupaban la ciudad. Contaron de un incidente en Blanquizales digno de epopeya: Teseo Ramírez, del 1J4, en un acto de coraje extremo embistió su camión contra el jeep de Eladio Marmolejos, con la intención de matarlo. Mas, el general salió ileso y Teseo, apoyado en su destreza y el pueblo pudo escapar, lo que enfureció al oficial, pero a nosotros nos encendió el ánimo, y así arribamos a la ciudad.

Jamás había visto semejante muestra de apoyo e identidad, tan desbordante entusiasmo mezclado con orgullo, como el que a través de la ventanilla del autobús veían mis ojos, aquella tarde del regreso de los constitucionalistas a Barahona! Era todo un pueblo enardecido recibiendo a sus hijos que tan dignamente le habían representado en La Trinchera del Honor. Mujeres y hombres de todas las edades, de acera a acera, dejando apenas un pequeño trecho de las calles para el avance de los autobuses, que llevaron casi en hombros hasta el parque central.

Cuando los combatientes comenzamos a descender frente al Palacio del Ayuntamiento, el pueblo se abalanzó sobre nosotros y aquello fue una lluvia de besos y abrazos en medio de un mar de lágrimas.“¡Llegaron, están vivos!”, era el grito de las madres, esposas y novias al abrazar a sus seres queridos, que día tras día llevaron colgados de su alma durante 5 largos y dolorosos meses.

Aquel apoteótico recibimiento duró poco. Marmolejos no podía permitirlo y, cual gorila, actuó: Por la avenida 30 de Mayo llegaron en zafarranchos de guerra, haciendo tronar sus fusiles y ametralladoras, decenas de soldados en camiones. Las masas corrieron en estampida buscando escapar de aquel infierno en que, de buenas a primeras, se convirtió su gloria.

Tras varios minutos, que parecieron horas, el tiroteo cesó frente al Palacio Municipal y los militares con los humeantes cañones de sus armas, solo quedamos Lilo Coss y yo. Irritado por el abuso, el dirigente increpaba al jefe de tropas. Este escuchaba impertérrito, pero la firmeza y valentía del reclamante bloqueó cualquier instinto agresor. Varias personas se acercaron solidariamente, pero Lilo, consciente del peligro, solicitó retirada, obedecida al instante. Su liderazgo era indiscutible.

Aunque hubo atropellos, allí no cayó nadie, los muertos y desaparecidos vinieron después que la CIA/USA, con el MAAG a la cabeza y las FARD como instrumento, puso en marcha su plan de contrainsurgencia y exterminio contra los constitucionalistas, sin que el Gobierno servil de García Godoy pudiera ni intentara detenerlos. Víctimas de sus acciones fueron Manolo Pérez, Tono y otros.

Serían las 6 horas de la tarde de aquel caluroso y memorable 13 de septiembre, cuando la gente asustada caminó hacia sus casas. Ya en el “Barrio de la Gallera”, donde vivía, la gente me felicitaba fervorosamente, las madres me besaban, los adultos y muchachos me abrazaban y los niños me seguían detrás cual superhéroe. Mi madre, mi novia y mis hermanos me esperaban en la acera, pletóricos de alegría. Marco Antonio, de apenas 2 años, no esperó, corrió a mi alcance y se me enredó entre las piernas; lo cargué llenándolo de besos. Milagros, Juan de Dios y Nelson me abrazaron y los sentí ufanos. Mamá, me abrió sus brazos, me abalancé sobre ella y por los rostros corrieron, cual arroyuelos, frescas las lágrimas, que con las que aportó la novia, se transformaron en un pequeño Riocito.

Faltaba papá, quien, al regresar del parque, se había quedado rezagado para dar a aquel momento el significado que entendía se merecía: Puso su mano izquierda sobre mi hombro derecho y con su callosa diestra de estibador “Rompe Sacos” del muelle del ingenio Barahona, me dio un apretón de mano sin dejar de mirarme a los ojos, con los suyos henchidos de emoción, como queriendo decir: “Bien hecho, usted cumplió con su deber”. A seguidas me abrazó como nunca lo había hecho, y yo sentí en ese abrazo que tanto anhelé desde pequeño, la expresión de amor que pocas veces había sentido con gestos y palabras, aunque sí con hechos, pero que deseoso de cariño paterno alguna vez puse en dudas por lo adusto del señor. Sin soltarme, con ambas manos en mis hombros, me sacudió y sonrió satisfecho. Yo también le sonreí, bajé la cabeza, volví a abrazarle y así llegamos hasta el comedero, donde mamá nos tenía servido un sabrosísimo “morir soñando” con leche de Anita Pons y toronjas de Polo.

Por seguridad, me trasladaron por unos días a casa de los tíos Felicia y Cola en el Bameso. Ya en la cama, pensando, volví al escenario dejado atrás, y las palabras del coronel Caamaño retumbaron en mis oídos: “No pudimos vencer, pero tampoco pudimos ser vencidos. La verdad auspiciada por nuestra causa fue la mayor fuerza y el mayor aliento para resistir. ¡Y resistimos! Ese es nuestro triunfo porque sin la tenaz resistencia que opusimos, hoy no pudiéramos ufanarnos de los objetivos logrados. Nosotros cedimos, es cierto, pero ellos, los invasores que vinieron a impedir nuestra revolución, a destruir nuestra causa, tuvieron que ceder también ante el espíritu revolucionario de nuestro pueblo”.

Escuchándolo me quedé dormido, terminando así ese memorable e inolvidable 13 de septiembre de 1965.

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