Anécdota de un día de pesca…

Por:  Gerges Jiménez

Una tarde soleada del año 1974, no recuerdo el mes, yo tenía unos 17 años y junto a con amigo llegamos a la playa de punta inglesa en  Barahona, lleno de ilusión con los aditamentos necesarios para pasar un rato en la actividad que más nos encantaba en esos tiempos, la pesca.  Ubicamos la yola, que solía  guardarse a la orilla de la playa, en tierra firme, junto a otras más, cuyos dueños que vivían de la pesca, respetaban sus espacios y nadie era capaz de hacer bellaquerías con esas pequeñas embarcaciones.

Mi compañero de pesca era Vinicio Mueses, de la calle Rafael Matos Falé, a quien yo suponía tenía el permiso de su padre para utilizar la Yola ese día; decidimos limpiar la yola, luego arrastrarla hacia el mar y  después de impulsarla, nos subimos a la pequeña embarcación y nos dirigimos mar adentro a unos 100 metros del muelle de Barahona, llegando a un lugar en donde lanzamos ancla para iniciar la pesca. Estuvimos por espacio de una hora lanzando y recogiendo el cordel con la carnada, sin sentir la presencia de peces. Luego cambiamos de lugar, desplazándonos hacia el sur,  por el frente de los manglares.

Después de un tiempo en el lugar, decidimos cambiar de ubicación, pues había sido un día bastante aburrido  sin poder lograr atrapar un solo pez. Al caer la noche, determinamos que lo más prudente era regresar a la casa y me dispuse a subir el ancla, que,  a decir verdad, era una piedra envuelta con una soga de nylon. Subiendo el ancla, se me enredó con otra soga de otro color, muy mohosa, exclamando “anda par carajo, que día este, y de donde apareció esta otra soga”. En eso, Vinicio que se disponía remar, me grita “no la tire al mar, esa soga es de una Nasa (trampa de red de pesca pasiva), hala de un extremo”, a lo cual me dispuse.  Recogiendo la soga del ancla, acerqué la nasa a la superficie y, “ay mi madre”, cuantos peces.

Entre Vinicio y yo cargamos la nasa y la volcamos dentro de la yola y había peces de todos los  tipos y tamaños. Realmente, esto me asustó, ya que según había oído, a quienes encontraban con una nasa ajena, lo metían preso. Luego, le dije  a Vinicio que nos fuéramos, pero este ni corto ni perezoso, exclamó “y ¿A quién le vas a dejar la otra nasa?, hala el otro extremo de la soga que hay otra nasa”. Así lo hice y “Ofrézcome” había más peces que los que encontramos en la  primera nasa. La volcamos en la yola y salimos remando apresurados hacia nuestro punto de partida.

En el trayecto de regreso, nos intercepta el Chino en una yola, quien era esposo de la profesora Natividad Rubio (epd), del colegio Morgan, y quien pescaba en las proximidades, y nos preguntó que cómo nos había ido, a lo que  atinamos a decirle que el día había sido malísimo, pero nunca nos acercamos a él, aún siendo de noche.

Cuando llegamos a la orilla de la playa, a unos 5 metros, alcanzamos a ver al policía del hotel  Guarocuya, que parecía que nos estaba esperando. Dije, “bueno Vinicio nos jodimos” y Vinicio me dijo, “no digas nada que voy a buscar hojas de penca de mata de coco, para preparar los ensartes de los peces que atrapamos.

En fin, le regalamos un par de ensartes de pescados al policía, yéndose feliz como una lombriz, pues estaba acostumbrado a picar a los pescadores que regresaban después de una jornada de pesca.

Sin mentir, Vinicio preparó como siete ensartes de pescados para cada uno, quedando en el piso de la yola, un montón de peces pequeños. En casa, duramos como una semana comiendo peces.

ESTO NOS PASÓ, HACE MUCHO TIEMPO EN MI QUERIDO PUEBLO DE BARAHONA.

 

 

 

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