Ensayo del Poeta, Narrador y Dramaturgo Barahonero Leonardo Nin

por Juan Matos –

PARA TODOS, este ensayo del talentoso poeta, narrador y dramaturgo Leonardo Nin.
Juan Matos y el otro inventado en Azúcar, cayo y puerto
Leonardo Nin -Boston, MA -Verano 2017

“Si no te gusta la historia de alguien, escribe la tuya”
Chinua Acheve: “Todo se desmorona”

Para mediados del siglo veinte, la poesía Latino-americana alcanzó un esplendor nunca antes visto. Poetas antillanos como Nicolás Guillen, Luis Palés Matos, Jaques Roumain y Manual del Cabral tomaron elementos culturales y poéticos netamente afroantillanos y los estilizaron de ma-nera vanguardista y original para crear una poesía nueva e innovadora, que ambicionaba darle voz a una población y a una cultura marginada, y hasta ese momento, excluida de los cánones líricos y estéticos convencionales de la poesía continental tradicional.

Este movimiento (conocido como Poesía Ne-groide) buscaba resaltar lo negro, lo mulato, y hasta cierto punto, lo indigenista, de manera que el elemento de mezcla criollo, de esa cultura desconocida, subestimada, y a la misma vez, presente en cada latinoamericano que llevaba plasmada la historia del continente en la piel, viniera a ser el mensaje central del discurso poético. El resultado fue una poesía cargada de musicalidad, de folklor, de raíces, de onomatopeyas y de una cultura caribeñamente Latino-americana. Sin embargo, en la mayoría de sus casos, este género nunca intentó trascender más allá del esteticismo cultural detrás de la marginación del negro y se limitó a destacar su realidad socio-cultural de manera indirecta, con versos cargados de sinalefas, ilustrando peculiaridades étni-cas y culturales de lo negro y lo mulato, sin caer directamen-te en la protesta a su condición social y marginada.

Durante este tiempo, en toda la América conti-nental, la realidad del negro se convirtió en un elemento de admiración, de explotación, de sátira, de préstamo y de incorporación y fusión. Pero siempre partiendo de la segre-gación, de la marginalidad y del prejuicio para visualizar al negro desde la perspectiva impersonal “del otro” inventado. Ellos allá y nosotros aquí, sin crear una mezcla de identidad común o de planos similares, sino de elementos encontra-dos en orígenes dispares.

La República Dominicana no fue inmune a esta tendencia; su historia reversa, manipulada, impropia y contada a conveniencia, creó de forma casi inadvertida y por eventos socio-políticos disímiles, un negro distinto al representado en la mayoría de la poesía negroide latino-americana, al caricaturizado en la cultura norteamericana de la segregación, e incluso, al personificado en los intentos negroides de Manuel del Cabral y el mismo Pedro Mir.

El bateyero real sureño, (contrario al elemento de herencia de Nicolás Guillen y Palés Matos) nació como elemento foráneo, ciudadano de ninguna parte, impersonal, nacido del ingenio y su miseria, parido por acuerdos, caña, intereses y odio. El negro marginado del batey de hoy surgió del prejuicio y de la maldad con la que la historia tiende a estampar la espalda de los derrotados y de los irrelevantes. Este negro (aunque estudiado y analizado desde arriba) nunca ha sido visto desde adentro, o peor aún, nunca ha sido adoptado como herencia central, no solo de cultura, sino de étnica, de sangre y de raza, en una sociedad que ha hecho todo tipo de esfuerzo por negarla.

En su Azúcar, cayo y puerto, y similar a Guillén, Palés y Roumain; Juan Matos se convierte en un Lemba1 poético. En sus versos sutiles, y a la misma vez, aguerridos, Matos experimenta con elementos nunca antes explorados de esta singular forma en la poética dominicana, donde el discurso poético radica en la voz directa del marginado, donde el verso es un reclamo interno con voz externa buscando una justicia elusivamente incongruente, donde el reclamo es una afirmación, no del blanco privilegiado que la enuncia desde arriba, sino del bateyero-negroarrayano que la vive y la siente adentro. Porque, como cuestiona el poeta, « ¿En qué lugar de tu cielo puedo colgar mi espejo? ¿En qué rincón de tu historia puedo inscribir mi nombre?», cuando en el batey, ser y estar pertenecen a verbos distintos y reclamar o profesar una as-cendencia etno-cultural creole representa el suicidio social y literario frente a puertas abruptas y toscamente cerradas por espaldas que miran por encima del hombro, con los oídos tapados por el prejuicio y la intolerancia.

Porque el batey de Matos, ese Macondo real y palpable, no cabe en la isla, es demasiado exótico, necia-mente enigmático, inconcluso, cargado de mitos y leyendas, de dioses extraños e inaceptables, circunscrito de gente que nunca debió de estar, ni de ser, ni existir y mucho menos coexistir.

El batey de Matos es un laboratorio social donde Pavlov, Marx y Foucault parecen bailar gagá con las de-finiciones sociales y las luchas de clases y razas. Como nos canta el mismo poeta en su poema central, «Todos extendiendo celos: una esquina más, una calle más, traducidos a un sueldito más allá, allá adentro, en las fauces del acero, granulándonos en la com-posición formulada». Todos contra uno y uno contra todos, en medio de la rebeldía, buscando definiciones entre los térmi-nos político-sociales impuestos: «… en nuestro lenguaje. Sin saber, sin investigar etimologías […] ¿De qué nos sirven esos términos si de ningún modo, sumados, amontonados, no alcanzan a nivelar el fiel de la balanza?».

Es así como en medio del reclamo, en medio de la poesía sobria, fina, alquimizada y bien lograda, el poeta se define y define al batey y a su gente. En cada verso el poeta se transmuta, se trasfigura, se transforma, convirtiéndose en uno y en muchos. De esta manera, como planeado y a pro-pósito, Juan Matos es el machete de Cologüi, la falda de Osamí, el infierno de la caldera, y las calles, y Los blocks y Las Salinas y el Cayo, y el azúcar y el puerto. Y en sus plenas, Matos es Barahona y el Cayo, y el Batey. Sí, el Batey, que no es villa, sino batey, un Macondo de caña, vagones y laureles, una verruga en la cara blanca de una vieja mulata, un pedazo de tierra con un solo nombre: Muemén. Juan Muemén, Julio Muemén, Juan-Cologüí, Degá, James, Senclú, Tansú, Alsinó, Fernando-Muemén, Lamesí, de un lado, y del otro, Muemén-batey, José Mesón, otro Muemén, quien desde una silla eléctrica y los dientes rechinados reclama su nom-bre en la historia, en las paredes de los blocks donde le corresponde ocupar un espacio, en la entrada de cualquier parte, pero estar.

Eso es Azúcar, cayo y puerto: un poeta inventando términos para definir una utopía; una utopía de rabia, que se hace versos; una rabia, que se convierte en historia re-tando lo establecido en los tratados de política, sociedad y cultura. « Hoy, que —en el nombre de un nombre colonial— nos desnombran, nos destierran, nos proclaman ciudadanos del limbo; como del limbo son las escorias de la maltrecha historia. Historia que nos hace yunta del oprobio». Hoy, igual que Guillén, Palés Matos, Roumain, Del Cabral, y tantos otros, Juan Matos toma las voces despavoridas y silentes del batey y las hace poesía, libro, historia, Azúcar, cayo y puerto y nos cuenta otra historia, una nunca antes oída. Porque «cuando no nos guste la historia de alguien, es necesario sacar la piel y escribir la propia».

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