El Pueblo de Cabral en el año 1900

 

Por Welnel Darío Féliz

 

El pueblo de Cabral es considerado una de las comunidades del suroeste cargadas de sucesos y acontecimientos históricos más relevantes. Aunque mucho de su pasado está aún por historiar, es indudable que ocupa un sitial en la memoria colectiva suroestana y forma parte de la cultura popular, pues muchas de las características de la vida del sureño de hoy no puede comprenderse sin antes echar una mirada a Cabral. En el 1845 fueron los rinconeros (hoy cabraleños) quienes, en el célebre encuentro de El Oreganal, precisamente un 8 de julio, resistieron la embestida inicial de la segunda campaña haitiana. Estos fueron militares netamente cabraleños encabezados por Juan Segundo Féliz, los que para 1844 sumaban 25, originarios de la comunidad. En Rincón se sembró la semilla restauradora desde septiembre de 1861; para febrero de 1863 ya se denunciaba que en ese pueblo había “cuentos de revolución” y fue desde allí que se gestó la proclama restauradora en septiembre de este último año. El aún desconocido, el inmenso Ángel Féliz, La Espada del Suroeste, fue quien se encargó de proclamar la restitución de la soberanía en Enriquillo, Barahona, Rincón, Las Salinas y Neiba, acompañado siempre de los bravos primos Manuel Féliz (Quirí) y Manuel Féliz (Cabuya). Fueron los rinconeros quienes no dejaron dormir a las columnas españolas entre el 2 y 8 de febrero de 1864 y los que mantuvieron la llama de la guerra en todos los pueblos mientras los peninsulares controlaban a Barahona y Neiba. No por casualidad José de la Gándara llamó a los patriotas de Rincón los más malos de la región.

 

Nacido de la mano de Antonio Féliz, heredero de Juan Féliz, quien ya en 1789 tenía allí su casa, Rincón creció con la madera y alrededor de los Féliz, que incluía a otros venidos de Baní, como los abuelos de Ángel Féliz y se engrosó con habitantes de otras comunidades, llegados tras las actividades económicas. Su estructura urbana inicial no es del todo desconocida, pues mucho de su entorno mantiene criterios de organización alongados en el tiempo, referenciados por sus calles y características del terreno, además de referencias históricas puntuales, y sabemos que tenía 116 unidades productivas en 1839, lo que incluía 5 cortes de maderas. Solo los cortes en sí mismos era un atractivo económico fundamental. Considerar que en toda la región solo allí y en Enriquillo existían estos cortes permanentes. Ellos empleaban una cantidad de personas, tanto para tumbar los árboles, como la preparación y el traslado de la madera, una actividad que generaba recursos. De las 116 unidades había 55 conucos y 56 hatos. Estos conucos eran de plátanos y caña, así como otros productos varios. Existían mangos por doquier y todo de frutos. Las prodiga naturaleza rinconera daba para todo. Su maravillosa laguna era una fuente inagotable de alimentos: peces, aves, huevos, hicoteas, camarones, jaibas. En realidad, no había un solo espacio que no impulsara la vida. En toda la margen derecha del camino Cabral-Peñón los platanales se entrelazaban y formaban un forraje casi impenetrable, un bosque de plátanos y esa caña, según James Wells, crecía “con la abundancia más deseable”. Durante el siglo  XIX Rincón fue de los abastecedores de maderas a Europa, sus guayacanes, caoba, espinillo y otras llenaban las bodegas de los barcos europeos y muchos trenes se posaron sobre los durmientes rinconeros manchados con su sudor… y sangre. Durante más de un siglo Rincón abasteció de azúcar y ron a la gente de todo el sur. Con sus trapiches produciendo a máxima capacidad mantenían los alambiques y se preparaba la raspadura. Asimismo, sus pescadores recorrían los caminos llevando esos alimentos, allende la sierra, hasta San Juan. No faltaba la yuca, el maíz, la batata, el arroz.

 

Aún con los cambios escenificados en la economía y la transformación territorial Rincón siguió teniendo hegemonía en los finales del siglo XIX y comienzos del XX. La desaparición de la madera no amilanó su empuje y, tras la búsqueda de su estabilidad aumentó su producción de raspadura, engrosándola con el café de Polo y una explotación más continua de sus áreas agrícolas, las que, según la Comisión de Interior y Policía del Congreso, tomaban “mucho incremento”. En los comienzos del siglo XX aproximadamente unos 15 trapiches poblaban la zona, los que sumados a los 8 o 10 comercios que se asentaron le dieron al viejo Rincón la base de su sostenimiento y estabilidad de sus habitantes, principalmente ante los cambios que experimentaba el país y la región.

 

Tomando como referencia las unidades productivas y el número de miembros de una familia, los cálculos nos arrojan la suma aproximada de unas 500 personas en 1839 habitando el lugar. Si nos apegamos a los registros de censos posteriores, el porcentaje entre mujeres y hombres debió ser cercano al 50-60 por ciento, lo que indica que tendría entre los 230-250 hombres, naturalmente, dentro de ellos más de la mitad niños, o sea, unos 125-150, lo que nos arroja una totalidad entre 100-125 masculinos mayores de edad.

 

La población de Rincón se mantuvo acorde con sus actividades. Para  1893 el total de habitantes era de 1,356 personas, entre ellas 233 hombres, 279 mujeres, 434 niños y 410 niñas, con 281 viviendas. De esta totalidad, en el pueblo cabecera había 176 casas y 805 habitantes, con 143 hombres, 172 mujeres, 241 niños y 249 niñas. En sus aldeas, la población se dividía: Naranjo: 18 casas, 13 hombres, 16 mujeres, 33 niños y 27 niñas, para 89 personas; Tierra Blanca: 12 casas, 11 hombres, 12 mujeres, 28 niños y 26 niñas, para 77 personas; Guayuyo: 19 casas, 17 hombres, 15 mujeres, 27 niños y 28 niñas, para 87 personas; Majagual: 7 casas, 7 hombres, 8 mujeres, 16 niños, 15 niñas, para 46 personas; Peñuela: 49 casas, 42 hombres, 56 mujeres, 89 niños, 65 niñas, para 252 personas. El promedio de habitantes por viviendas era de 5.8.

 

En 1900, según el informe de la comisión de Interior y Policía del Congreso, del 27 de abril de ese año, Rincón tenía 1800 habitantes, diseminados en 483 casas, números indicados por los mismos rinconeros que le dirigieron la carta al Congreso para la creación del Cantón. Estas cantidades nos arrojan datos dignos de considerar. Si bien es posible que los solicitantes hubiesen abultado el número de habitantes, la propia comisión aclaró que ellos habían realizado sus propias indagaciones, además, tales datos fueron refrendados por el gobernador del distrito, lo que otorga cierto nivel de certidumbre, aunque no de forma axiomática. Asimismo, llama la atención la cantidad tan precisa de casas, no calculadas con número redondos.  De todas maneras, de la información se desprende que la diferencia de los vivientes era de 444 personas con relación a 1893, lo que representa un 33 por ciento más de población. Asimismo, se calcularon 202 viviendas más, lo que representa una baja en la ocupación en relación al último censo registrado, situándose en 3.7 personas.

 

Sin aceptar como concluyentes la cantidad de habitantes en 1800, las condiciones para esos cambios poblacionales tan drásticos en tan poco tiempo estaban dadas. Este crecimiento puede encontrar explicación a partir del desarrollo de la producción cafetalera en Polo y la instalación de viviendas en la zona, así como del aumento natural y las condiciones de vida del pueblo. Hay que recordar que la preparación de las fincas de café, su siembra, cuidado y recolección demandaba mucha mano de obra, por ejemplo, en 1909, en época de cosecha Luis del Monte llegó a emplear 300 personas en su hacienda de Las Lomas.

 

Durante toda esta etapa salta a la vista la inclinación de los habitantes de Rincón a la carrera militar. Para 1839 la sección estaba dirigida por el capitán Juan Segundo Féliz, quien tenía a su cargo 25 hombres de armas de forma permanente. Si partimos de este dato documentado, por la población posible calculada, podemos concluir tentativamente que tal vez cerca del 25 por ciento de los hombres pertenecían al ejército en 1845.

 

Esta vocación militar rinconera es relevante en esta etapa y todo indica que se mantuvo en los años posteriores. Ellos cargaron con el peso de la guerra restauradora en los primeros meses del año 1864 y fue desde Rincón donde se escenificaron los más crudos enfrentamientos durante la guerra contra Buenaventura Báez que se desarrolló entre 1868 y 1874. Esas constantes situaciones de guerra pueden explicar la beligerancia que caracterizó a los habitantes de Cabral aún entrado el siglo XX. No por casualidad las voces populares del sur le llamaban “Rincón de ají”, en referencia a lo caldeado de su entorno social y la bravura de su gente.

 

Un dato que resalta de las estadísticas señaladas por la comisión de interior en el año 1900 es la relación de los militares que habitaban Rincón. Según la propia comisión allí vivían 440, con rangos más diversos. Este número es, en realidad, sorprendente, tanto que pudiese generar dudas. Si nos apegamos al censo de 1893, que arrojó 233 hombres, y realizamos una correlación del crecimiento poblacional frente a 1900, indica una suma de 344 nuevas personas del género masculino adultos, lo que no concuerda con el dato de 440 miembros del ejército, y como no poseemos esa clara división de los 1800 habitantes dados por la comisión, hay que concluir que algo anda mal en cualquiera de las estadísticas, lo que queda sujeto a comprobar.

 

Aun con los cuestionamientos expresados, de las estadísticas que indican la existencia de 440 militares y 1800 habitantes en 1900, aunque no son concluyentes, podemos colegir que hubo un crecimiento poblacional importante y refrenda la consideración de un militarismo extremo, correlativo con la dinámica característica de Rincón durante todo el siglo XIX, en el que los hijos siguieron la profesión de sus padres, como ocurrió con Nicolás Cabuya, hijo del coronel Manuel Féliz. Hay que resaltar que los militares, en estos años, jugaron papeles importantes y puede decirse que impulsaron transformaciones en el pueblo. De hecho, fueron los ellos los que impulsaron las diligencias para que fuese erigido en Cantón y dieron sus nombres para encabezar a los solicitantes. Es así que la lista aparece en primer plano el comandante de armas Hemenegildo Féliz, seguido del ayudante de la plaza Esteban Féliz y del secretario de la comandancia Alexí Pérez; el inspector Enrique Pimentel; el alcalde Bartolo Féliz; el comandante de la Fuerza Cirilo Báez; los generales Nicolás Féliz Cabulla (sic), Justiliano Báez, Juan Colasina y José A. Olivares; los coroneles Bartolo Ferrera, Valentín Alcántara y Patricio Féliz; los capitanes Andrés Vásquez, Matías Alcántara, Santo Féliz, Rafael Féliz y Daniel Féliz; los tenientes Antonio Urbáez y Pedro Féliz; los subtenientes Miguel A. Pérez y Juan José Féliz y el comandante Nicómedes Fernández.

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