Trump en su laberinto

Las aparentes extravagancias de Trump constituyen el aderezo de la complejidad con que ejercerá su poder, en una nación ostensiblemente dividida…

Durante la campaña, el presidente electo de los Estados Unidos se regodeaba al justificar algunos de sus errores, respondiendo al amparo de una sonrisa socarrona que no tenía tiempo para ser políticamente correcto. Eso implicaba que no repararía en protocolos, buenos modales, ni consideraciones de ningún tipo en la transmisión del mensaje que lo conduciría al inesperado triunfo que finalmente alcanzó.
Confrontó en su estilo, no sólo a sus oponentes, sino a sus propios correligionarios, incluyendo figuras como el senador MacCain, considerado como héroe de guerra y respetado más allá de su partido, de quien se burló por el hecho de que su heroísmo consistió en ser prisionero de guerra, aduciendo que prefería los que no se dejaban aprehender. De ahí para abajo, nadie que lo enfrentara se le salvó, venciendo quince contrincantes internos.
A todo ello se suma la confrontación con los intereses establecidos representados en una etérea nube de humo llamada Wall Street, los medios de comunicación, las minorías étnicas, así como los resquemores de una comunidad internacional, que tampoco estuvo a salvo de la embestida.
Con semejante estela, era de esperarse que al ganar como en efecto ganó, se produjeran reacciones “instantáneas” y “espontáneas” de sectores de la población que salieron masivamente a vociferar que él no era su presidente, así como el enardecimiento de sectores racistas que asumieron que su triunfo era carta blanca para acosar los migrantes hacia sus países, siendo incluso necesario su llamado a restañar las heridas ante el elevado tono de los bandos en los días siguientes al proceso. Todo ello llevó a la seguridad del Estado a prever que éste será el presidente más protegido de todos los tiempos; sus razones tendrán.
Las aparentes extravagancias de Trump constituyen el aderezo de la complejidad con que ejercerá su poder, en una nación ostensiblemente dividida, en la que la principal derrotada no fue Hillary Clinton, sino la comunidad mediática y los intereses que la habían preseleccionado contra viento y marea. La etapa de transición ha sido sin dudas una de las más pintorescas y admonitorias de lo que viene, con síntomas tales como: la pocas veces vista rebelión de miembros electos al colegio electoral que amenazaron con no cumplir el mandato de hacerlo por Trump, la compleja bendición de la CIA a la versión demócrata de piratería informática rusa en el proceso electoral y las recientes sanciones de Obama contra Rusia, que no tienen otro objetivo que empañarlo.
Hacer América grande otra vez, con la zapata de un voto que compró un discurso proteccionista para el mercado laboral y economía en general, es sin duda un duro golpe a los intereses del sector financiero en sus planes de expansión global, sobre la base de sostener la liberalización del movimiento de los capitales que lo convierten en el eje de un tipo de economía que el ex presidente Leonel Fernández ha descrito como economía de casino, donde ellos, lejos de ser el motor financiero de la producción, han pasado a ser los dueños del dinero y del mercado. Ese conflicto promete ser el más silencioso, soterrado, imperceptible, lúgubre y peligroso en el laberíntico camino del nuevo poder.
En el plano internacional, todo parece indicar que parte de los aliados de Estados Unidos se dirigen hacia un discurso en su estilo, con sólo ver a una Angela Merkel procurando un tercer período, prometiendo un endurecimiento de su política migratoria, Francia con Marine Le Pen de favorita o en todo caso con los socialistas fuera del Elíseo, e Inglaterra, cumpliendo con los protocolos para hacer efectivo el Brexit, el cual, resulta ser la secuela de la voluntad proteccionista del pueblo inglés y su reacción al fenómeno migratorio, ya no sólo de ciudadanos de Europa del Este, sino de medio oriente y África.
Respecto al medio oriente, las relaciones con Israel se consolidarán y la presencia norteamericana priorizará a grandes rasgos a la preservación de los intereses de Israel, que recibe el nuevo mandatario con brazos abiertos, tras una administración Obama errática e ignorante de las particularidades de la región. No tengo la menor duda de que la administración Trump se sentará en la mesa con Rusia, Irán y Turquía, con suficiente desprendimiento como para poner fin a la guerra civil en Siria, que junto al estado islámico, resultan ser las secuelas de la torpeza desestabilizadora denominada primavera árabe.
Asia y el Pacífico serán su escenario, para ello viene delineando el bajo perfil que se avecina en el resto del escenario internacional, que tiene su fundamento en la concentración de los esfuerzos en la verdadera amenaza económica, geopolítica y militar del imperio: China. Un actor que no responde a reglas de juego internacionales en el manejo de sus prácticas comerciales y se maneja sin escrúpulos en la manipulación de todo cuanto le pueda convenir.
Ahí está la razón del acercamiento que mutuamente vienen cultivando Trump y Putin, el primero para hacer a Rusia su aliada en esa confrontación y, el segundo, para ganar buen viento en los conflictos que le viene generando hacer grande a Rusia otra vez; y ambos, de paso, procurarán eventualmente que China juegue su papel frente a Corea del Norte, un actor díscolo pendiente de control.
Definitivamente, Trump se apresta a un laberíntico ejercicio del poder, pues, por más que arrasó, la verdad es que arriba a la presidencia con mayoría en el congreso, pero sin partido, la oposición enconada, los intereses establecidos frente a un paredón donde aún no saben si sus planes mueren o resultan heridos, la comunidad mediática sedienta de reivindicar sus razones electoralmente ignoradas, el pueblo dividido y, como si fuera poco, debiendo enfrentar su propia personalidad.
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