Sin ética es imposible el progreso del país.

 
 

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Ámbar Gómez McDougal
Por Ámbar Gómez McDougal #SomosJOBAL

Cada día que se descubre un caso de corrupción aumenta la desmoralización de un país como el nuestro. En la corrupción política intervienen tres actores: el pueblo, que mal que bien es quien deposita su confianza en los funcionarios del gobierno a través de las elecciones libres y democráticas; los funcionarios que tienen responsabilidad de gestionar los asuntos y el erario con miras al bien común; un tercer actor, el sector empresarial que ofrecen ganancias a los funcionarios si le favorecen de una manera especial.  

Esto no solo trae consigo el robo de dinero, la violación de la legalidad, el sacrificio de las capas más desprotegidas, esto lacera la confianza del pueblo, ese capital ético tan difícil de de generar y tan difícil de reponer cuando se ha perdido.

Esto es la corrupción política, que en el día a día se amplía en cada ocasión que una actividad política, sanitaria, bancaria o judicial deja de perseguir su meta por la que cobra legitimidad social y solo beneficia los intereses particulares de los actores del juego, acontecimiento que defrauda la confianza del pueblo.


Uno de los actos que mas indigna a una sociedad democrática, son los privilegios de la clase política que se aseguran una vida esplendida con solo unos años de profesión, que gozan de retiros millonarios después de haber gestionado un banco de forma deficiente hasta que lo llevan a la quiebra. Después de crear un déficit en el país con sueldo elevados, buena colocación económica, malversación de fondos, vehículo oficial; ese mundo de privilegios si una justificación posible, no tiene sentido en una sociedad democrática.


No hace falta detallar casos de corrupción ni tampoco privilegios injustificados, porque se han ganado a pulso estar en los medios de comunicación y en las redes sociales todos los días. Pero urge forjar una ética pública que sirva de antídoto para esta lacra que es la corrupción, que a mí como ciudadana dominicana, a veces me parece una Utopía, pero creo firmemente que podemos ir cerrando la brecha.


Hay que reducir el número de políticos a lo estrictamente necesario, ajustar y limitar su intervención en la economía a lo indispensable para asegurar un Estado de justicia; crear mecanismo confiables para la detección de la corrupción. Una de las fortalezas que tenemos para ello es la Ley No. 200-04 de Libre Acceso a la Información Pública, que nos permite ser fiscalizadores de los procesos, obtener información del manejo del erario y debemos sacarles provecho.


Tenemos que convertir esto en un hábito, en una costumbre e incorporar en el carácter de la gente, en el pueblo formas de actuar de personas cabales.


La ética no es el clavo ardiendo al que se recurre al final de un artículo o de una conferencia cuando ya no se sabe qué decir. Es el oxígeno imprescindible para respirar, y es lamentable que solo lo echemos de menos cuando nos falta.


Porque la ética pública consiste en gestionar con responsabilidad el dinero y las aspiraciones públicas, haciendo de la justicia la virtud soberana de la vida compartida. Incorporarla es cosa de toda la sociedad, pero las élites políticas, económicas y mediáticas tienen mayor poder y, por tanto, mayor responsabilidad.

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