Enigmas del incendio de Barahona en 1864 (Primera parte)

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David Ramírez
David Ramírez
POR DAVID RAMIREZ

Según la historiografía tradicional de la Guerra de la Restauración dominicana, que inició el 16 de agosto de 1863 con el “Grito de Capotillo”, como todas las guerras, despiadadas y sangrientas, marcó para siempre al pequeño poblado de Barahona. Para algunos historiadores uno de los sucesos más notables y traumáticos de esa guerra para los habitantes, lo fue el  incendio del poblado,  atribuido al teniente coronel Angel Félix (Angelito Liberata).
Cuando la Común Barahona  fue, supuestamente incendiado en 1864, apenas se estaba recuperando de un desvastador  ciclón que destruyó bohíos y embarcaciones en el puerto  en 1855 y de un incendio  ese mismo año provocado por José Báez, hermano del ex presidente Buenaventura Báez, en su disputa por  el predominio del poblado con el comandante de arma, coronel José Legel, en la fracasada conspiración del 25 de marzo.
Vale la pena recordar que no solo el rancherío de bohíos dispersos llamado Barahona fue  incendiado durante la Guerra de la Restauración,  también le prendieron fuego a grandes poblados, como Puerto Plata, Baní y Santiago.  Aparte de la táctica de guerra de guerrilla aplicada por los comandantes restauradores, como Gregorio Luperón, Pedro Antonio Pimentel  y José María Cabral contra las tropas españolas al mando del capitan general José de la Gándara, había en la fila restauradora, generales, como Gaspar Polanco  y Pedro Florentino, que aplicaban otras tacticas usadas en muchas guerras en toda la historia, como las Napoleonicas.
Una de las facetas mejor conocida era la «política de tierra quemada» o de «tierra arrasada», una táctica militar de doble filo, consistente en destruir cualquier cosa que pudiera ser de utilidad para el enemigo , como la quema de viviendas, provisiones con que sostenerse y las ejecuciones de los habitantes que simpatizaban con la causa enemiga.
Las ejecuciones y las quemas de poblados es uno de los capitulos  más oscuro de La Guerra de la Restauración puesto en practica por  generales anárquicos, despiadados e incontrolables que “ingresaron en las filas restauradoras, más por  odio a Santana que por amor a la Patria” (Ver Juan Isidro Jímenez Grullón, “República Dominicana una ficción”). Del  incendio de Baní y parcialmente el de  Azua se responsabiliza al general  Pedro Florentino en una de sus “rabietas” debido a la traición de algunos generales de esos poblados, el de Santiago lo ocasionó  el general Gaspar Polanco durante su retirada, el fuego se propagó debido a la presencia en muchas casas y almacenes de bebidas espírituosas y resinas.
En el caso de la Guerra de la Restauración, el ejercito español, aunque menos numeroso, estaba mejor armado, organizados y  dirigido por militares con experiencia en otras guerras, como la de Crimea, en comparación con los insurrectos o restauradores, comandados en su mayoría  por generales analfabetos, mujeriegos y amantes de empinar el codo.
El ejército restaurador estuvo integrado por campesinos equipados sólo con un viejo fusil o carabina,  un machete, semidesnudos, mal alimentado  y con un macuto al hombro, pero con el conocimiento de los montes, de las sendas y de los varos. “En cualquier ejército regular de la época, tal estampa del soldado hubiera causado burla y desaprobación” (Ver José Abreu, “Guerra de Liberación en el Caribe hispano 1863-1878”).
La guerra de la Restauración se diferenció de la guerra contra Haití porque los insurrectos no fueron  un instrumento de los caudillos, “la presencia espontánea del pueblo en el seno de los ejércitos que se fueron formando y por el origen también popular de casi todos los mandos militares” (Ver Juan Isidro Jímenez Grullón, “República Dominicana una ficción”), dieron a esta guerra una carácter  revolucionario, una guerra para restaurar la patria dentro de un marco político que garantizara el ejercicio de la libertad.
Para algunos historiadores, gracias a la tácticas de guerra de guerrila, la quema de poblados, el cansancio, las enfermedades como la fiebre amarilla y el desaliento ayudaron a demorar el avance de las campañas militares de La Gángara en el Norte y el Sur, haciendo comprender a  la Reyna Isabel II  que,en  esa guerra (cada día más impopular y costosa en España),  cada batalla suponía un riesgo de derrota en un territorio como Santo Domingo, que no era de vital importancia economica para el imperio español, como lo eran Cuba y Puerto Rico.

En el arte de la guerra, La Gángara  subestimó al ejército restaurador y revolucionario en ferocidad y tenacidad. Aunque el general  La Gángara no salió derrotado en ningunas de las batallas durante su campaña por la región Sur, su ejercito perdió la iniciativa en una guerra que se vislumbraba larga, según Mao Tse Tung, el ejército que pierde la iniciativa es derrotado por regla general.
Las tropas españolas tuvieron que retirase de nuestro territorio el 11 de julio 1865. “La Guerra de la Restauración Dominicana costó a España más de 20,000 muertos, más los hombres que quedaron inútiles o marcados física o psíquicamente de por vida”. (Ver Maritza Pérez Dionisio  «Santiago de Cuba y la Guerra de la Restauración de Santo Domingo, 1863-1865» Revista Clío 179 pag  109).
Años después de concluida la Guerra de la Restauración, el general La Gángara publicó en 1884 un voluminoso libro, en dos tomos, de su diario de campaña  titulado “Anexión y guerra de Santo Domingo”, revelando muchos detalles de sus batallas  militares con los rebeldes del Sur encabezado por Pedro Florentino, Aniceto Martinez y Angel Felix, aportando datos desconocidos hasta esa fecha. El libro de la Gángara es un referente obligatorio para los historiadores que desean investigar a fondo el comportamiento, las estrategias y tacticas en las batallas del ejército español  con los insurgentes y la visión que tenían ellos de sus cabecillas.
NOTA: Este trabajo de investigación pertenece al capitulo V de mi libro inédito “Enigmas de Barahona”. Tomado de Ecos del Sur con el permiso del autor.
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