Enfrentemos ya, la crisis agrícola.

Por Carlos J. Vidal Lassis
La pobreza crónica generalizada y sus daños colaterales en el desarrollo humano y económico en la región Enriquillo es causa en gran parte de las condiciones del mercado a que se ven forzados los productores de la riqueza primaria que son los agricultores.
Desde casi siempre, ante la falta de una clase agraria “moderna”, como la constituyeron en algún momento de la historia de Barahona las iniciativas de gente como Don Luis E. Del Monte y la disociación de los pequeños propietarios, así como la falta de una política de asistencia efectiva de tecnificación a los hombres del campo, han limitado de manera extrema la posibilidad de liberarse de la explotación de los intermediarios. Flagelo negador de la compensación justa del esfuerzo personal del hombre del campo, con su consecuente desarraigo de la juventud y su éxodo al arrabal urbano, produciendo a duras penas para su sustento y con la apagada esperanza y sin ningún  interés en desarrollar renglones dirigidos a un mercado regular y estable, aparte de aquellos  rubros tradicionales sometidos a los vaivenes del volátil clima tropical.
La falta de recursos técnicos, de mano de obra estable, financieros y las dificilísimas infraestructuras viales, etc., arropan toda la geografía de la región y ahora les caen calamidades infecciosas a las plantas de los rubros insignes locales, el Café y el Plátano.
Es previsible que las consecuencias de las plagas presentes en nuestros campos, sumadas a la falta de la conciencia y la poquísima capacidad gregaria e integradora de nuestra población, serían devastadoras si no se actúa con carácter de urgencia en la búsqueda de soluciones que provean alguna forma de sustento a no menos de 7000 mil familias que estarían afectadas directamente.
Estas acciones, que deberían ser el resultado coordinado e integrado de todas las agencias estatales, de ayuda internacional y de las múltiples ONG presentes en la región y hasta de aquellos que de manera privada se nutren de la producción local, tienen que ser diseñadas y dirigidas hacia el logro de objetivos que llenen necesidades que desde hace tiempo se les ha negado o descuidado a nuestros  propietarios pequeños y grandes , incluyendo la parte formativa en aspectos complementarios de la vida hacia la sustentabilidad y preservación del medioambiente.
Se puede afirmar la prevalencia de un modelo de explotación agrícola de subsistencia en la región que data desde el siglo XIX, en contrariedad total al surgimiento de uno que contribuya al ideal de nuestros próceres y patricios y de la constitución del 1963 de Don Juan Bosch, que en sus artículos del 24 al 29 y especialmente del 31 especificaba como un deber del Estado proveer al agricultor un mercado seguro y ventajoso.
Actuemos diligentemente para sacar de esta eventual crisis las oportunidades que repercutirán en el empuje vital, apropiado y en el momento propicio para el arranque del motor del desarrollo por excelencia, la producción agrícola moderna, orientada al mercado, sustentable y conservadora del medio ambiente y nuestros recursos naturales. Enfrentemos ya, la crisis agrícola que se nos aproxima.
 
 
 
 
 
 

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