“LA CAFETERA” DE LA CALLE “EL CONDE”

 

César Espinosa Martínez

Carlos Gómez Doorley

 y Víctor Villegas.

In memoriam.

 
Al despuntar el alba, observo el acostumbrado ir y venir de los viandantes que se desplazan presurosos  por las estrechas callejas de la vieja ciudad, como parte obligada de una rutina cotidiana cuya reiterada ejecución repercute en la obligada reunión de los bohemios diletantes de “La Cafetera”, lugar en donde los inmigrantes sucedáneos del Gran Almirante de la Mar Oceana, oficiaban su ritual intelectual, entre el contrapunto del olor fascinante y embriagante del café  recién colado y el mágico perfume estival cuyos aromas impregnaban el ambiente, dando  vida a la tertulia y animando a los habitué al iniciar el rito informal de sus conversaciones.



Desde la acera de enfrente (línea divisoria mentalmente diseñada por el vulgo) percibo el murmullo de los caminantes, conformado por la más abigarrada  mezcla de viandantes  que apuran el paso para comenzar el día y escucho, al desgaire, el clásico pregón de las marchantas que madrugan para negociar su inexorable carga existencial. Ellas también son parte obligada del entorno, como lo es el lenguaje insoportable de los comensales de ocasión que desayunan apurando la temprana ingesta  alimentaria como forma segura de empezar y soportar la cruda realidad del nuevo día.



El ritual sacramental se inicia al tomar la obligada infusión del néctar negro de los dioses blancos junto a la lectura informal del viejo matutino, los que forman parte importante del sainete, desglosando con delectación, de modo recurrente y circular, el clásico patrón de cada día: una ojeada a titulares, la línea editorial y artículos de fondo, para luego buscar, con inusual interés la página social, el obituario, el parte policial, farándula v clasificados. En las tardes, como parte del postre espiritual consultar los tabloides vespertinos a la caza del último chisme de palacio. Del bulo que alimenta la industria popular del rumor y la chismografía.



Mientras tanto la comedia circundante continúa. El ruido que ensordece. La atmósfera que asfixia. La masa amorfa que desplaza la pesada carga de su humana condición por las rutas de asfalto del entorno a la caza del mendrugo cotidiano cuya ingesta le permitirá sobrevivir momentáneamente al exterminio. El orate, ante cuya coherencia, dignidad y libertad, me inclino reverente. Las  parejas disparejas que rompen los esquemas seculares. El viejo policía que intenta organizar el tránsito caótico infernal. El hampón que acecha con alevosía a la víctima de turno. El pájaro marica que oculta sus reales intenciones tras la disfrazada honorabilidad y el disimulo. La meretriz que se oferta, en pública subasta, al mejor postor y último subastador. El sablista de turno, feliz ciudadano de a pie, propietario de laempresa más rentable del sistema, que no paga ni sueldos, ni alquileres, ni agua; ni electricidad, ni tampoco impuesto alguno, ni le rinde pleitesía a un patrón malhumorado, percibiendo sus ingresos sin mover una pestaña, completan el cuadro de esta cotidianidad existencial.


Y cuando anochece, las fieras que transitan por la selva de concreto y asfalto en que se ha transformado la otrora romántica ciudad, se refugian en sus respectivas madrigueras y se escucha en la distancia, a modo de murmullo, el ruido amorfo. El silencio insolente de las ávidas manadas de depredadores ambientales, que reponen fuerzas para ejecutar la próxima jornada del abuso. Mientras, en la pausa, cuando la ambición descansa, otros dramas toman forma en los nocturnos vericuetos de la gran ciudad, los que se esfumarán, con la llegada de la aurora, dando paso al nuevo día.



Y otra vez amanece y empieza el contrapunto acústico y visual entre el cántico arrogante del gallo en los albores de la madrugada y la penetración sensual de la aurora virginal por los rayos candentes e infinitos del astro luminoso que nos da la vida. Y se inicia en ese mismo instante la comedia cotidiana que a consiste en volver a vivir la pesadilla existencial del día a día, de la cual escapáramos ilesos por algunas horas, teniendo como cómplices la soledad, el sueño y el silencio sacrosanto de las madrugadas, donde no es posible el escuchar siquiera el ruido acompasado del músculo animal que recupera las perdidas fuerzas, luego de agotada la diaria tarea de luchar por comer para sobrevivir, para luego volver a vivir la acostumbrada rutina cotidiana.



Es la madrugada y yo estoy aquí, atrapado y transportado a la cuarta dimensión que significa la simbólica estructura de la vieja calle “El Conde”. Nadie habla. Nadie Ríe. Nadie llora. Nadie ama. Nadie odia. Nadie acusa. Nadie juzga. Nadie pide. Nadie ocupa un lugar en el espacio. Solo yo escucho el sonoro silencio de sus añejadas vías. Solo yo percibo el olor y el sabor del viento seco que sopla desde el sur. Solo yo observo la profunda belleza que subyace en sus calles vacías, atiborradas de soledad y de la ausencia de las hordas que conspiran, día a día, contra el tedio y el aburrimiento.

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