Adiós Misael (Cuento)

Luis Terrero Melo

Por Luis Terrero Melo 

     ¡Qué misterio ese! La desaparición del niño Misael sucedió un martes, y exactamente una semana más tarde fue encontrado muerto bajo las aguas del Rio Yaque del Sur, entre Peñón y Cabral en los alrededores del Memiso, en un hecho aún no esclarecido. Sobre su cuerpo postrado yacían pencas de cocos de esas que abundan en el área, pero lo extraño fue que esas pencas eran diferentes a las demás, estaban ritualmente amarradas, haciéndose cómplice del crimen perpetuado al niño de apenas quince años.
El rio enloquecido y e mancillado por el lodo de las recientes crecidas decía: yo no cometí ese crimen, él no se ahogó en mis aguas, investiguen ese asunto porque ésta vez no fui yo, es más, este niño junto a otros niños, se bañaba en mis aguas todas las tardes y yo hasta llegué a enamorarme de él, así que cuando no regresaba me hacía falta, le echaba de menos; la última vez que lo vi, estaba junto a los otros, de eso hace ya una semana justa, por eso, ayer, cuando vi a Misael me sorprendí, era muy tarde y estaba oscuro, el nunca había estado por estos lugares a esas horas, me sorprendió y no pude evitar preguntarle que si me amaba, pues había entrado en mis aguas por primera vez de noche; pero él no respondió, entonces respondí yo, hoy es Lunes y mañana se cumplirá una semana que te acaricié la piel, pero hoy hay algo raro en tí ¿qué te pasa Misael? y el callaba, pensé que estaba triste o que lloraba, porque no se movía y ahí permaneció hasta hoy en la mañana.
Un pescador que acostumbraba a sumergir las nasas cada atardecer, para luego recogerlas al amanecer como de costumbre, se lanzó en las aguas disturbando la mañana. El cauce de las aguas se había mantenido al mismo nivel y al mismo ritmo del día anterior; todo parecía normal, excepto unas pencas de cocos acumuladas en el sitio, sin percatarse procedió  a levantar la nasa pero de repente surgió una pequeña mano como queriendo decir “sácame que me ahogo”. El pescador sorprendido y asustado, hizo lo que cualquiera hubiese hecho, corrió desesperado, mientras resbalaba en el lodo dio vuelta a la mirada y pudo ver nuevamente la mano de un  muchacho, pero no pudo ver el cuerpo porque las pencas no le permitían el paso a la visión.
–Está muerto, ahogado, tal vez es el niño que desapareció del Peñón el Marte pasao,
–informó el pescador a los policías del destacamento de Cabral que quedaba a pocos metros del lugar del hallazgo.
–Cálmate muchacho, ¿de qué hablas? –Pregunto el policía de turno.
–Me salió un ajogao cuando taba sacando mi nasa; una mano salió del agua por la reja de una penca de coco.
–¿Cómo que te salió una mano?, explícame eso de la mano, ¿era una mano sin cuerpo o una mano con cuerpo?  –preguntó el policía.
–No lo sé, porque salí juyendo pa’dar la querella.
El policía trató de calmar al pescador para que pudiera explicar lo acontecido al escribiente del cuartel.
–Cálmate, cálmate muchacho y explícanos con detalles que fue lo que te pasó; tan pronto tengamos el informe tuyo iremos al lugar para verificar lo que ocurrió.
Cuando el pescador rindió el informe, el comandante, un capitán de la policía, procedió con la diligencia que ameritan estos incidentes, notificó a las autoridades superiores de la ciudad a la vez que notificó a la defensa civil de Cabral, para que enviaran una unidad de rescate; también envió a un raso del destacamento policial a informar a las autoridades de Peñón, mientras él, junto al pescador y a un grupo de gente se dirigieron al lugar del hecho, –Dile al Teniente de Peñón que necesito su colaboración lo más rápido posible, –con desagravio, paulatinamente se limpiaba el sudor de la frente– que en estos momentos me dirijo al Memiso –continuo— y que nos encontraremos a orilla del rio, donde hallaron un cadáver, el cual es muy probable que sea el cuerpo del niño que desapareció la semana pasada, –inmediatamente el joven policía tomó un moto concho y se dirigió al pueblo vecino.
El capitán tardó menos de media hora para llegar al lugar y desde las alturas del muro de contención de las aguas, junto a un teniente que lo acompañaba, pudo observar la manito en el brazo sin vida de un adolecente. Pero por motivos prudentes se limitaron a observar por un rato, pues obviamente se trataba de alguien presuntamente ahogado, y en lugar de sacarlo optaron por esperar por la unidad de rescate y por las autoridades del Peñón.
–No podemos comprometer la situación, –dijo el comandante– para eso debemos mantener la ecuanimidad y preservar cualquier evidencia intacta, por si acaso es necesario presentarlas a la justicia.
En ese momento llegaron las autoridades del Peñón acompañados de varias personas, entre ellos algunos familiares del joven, quienes inmediatamente se lanzaron al agua para rescatar el cadáver.
–Con cuidado, no podemos comprometer la situación, –dijo uno de ellos.
Percatándose de las instrucciones del comandante procedieron cautelosamente a remover los escombros que impedían el paso.
–Capitán, esto ya está sospechoso, mire Ud. que las pencas están pegadas; parece que alguien las amarró, –dijo un compueblano de buena voluntad.
Desde afuera el capitán miraba la cara del teniente sin decir nada, pero eran claros sus pensamientos; el teniente clavó una mirada de asombro sobre los ojos del capitán y pudo leer en ellos que se trataba de un crimen.
Las aguas turbias del rio transitaban serenas por encima y fuerte por debajo, era asombroso que no hubiesen arrastrado el cadáver que estaba sumergido; se sumaron tres personas más para tratar de extraer el cuerpo, pero aun así no podían sacarlo, algo impedía su egreso, hasta que uno de ellos tuvo una ocurrencia que funcionó.
–Sosténganlo por el brazo, que yo me sumergiré, porque según parece está atascado por los pies, –se sumergió y efectivamente logró liberar las piernas del niño.
–Hay Dios mío, ¿pero qué es lo que han hecho con este muchacho?, –pregunto– se lo comieron, ese muchacho no se ahogó, –continuó– a ese muchacho lo mataron, miren eso.
Los oficiales estupefactos, nuevamente se miraron a la cara y sin decir una sola palabra confirmaron que se trataba de un crimen.
–¿Pero quién podría haber cometido un crimen tan horrendo? –con pensamientos entrelazados preguntaban.
–Un sicópata, tiene que ser un sicópata el que hizo eso.
Retornaron la mirada hacia el agua dando instrucciones, pero antes voltearon las caras en señal de enojo.
–Pónganlo en la orilla afuera del agua y esperemos a que llegue la unidad de rescate, –dijo el teniente, mientras el capitán permanecía callado.
Un par de horas habían transcurrido y la gente comenzaba a aglomerarse en el lugar; pidieron refuerzos para poder mantener a los curiosos alejados del área.
Un poco más tarde llegaron los del rescate e informaron al capitán que habían llamado al médico legista pero que este no se encontraba ya que estaba de vacaciones, por lo que fue necesario solicitar los servicios de un médico forense de Azua que era el único médico de esa índole disponible en la región suroeste.
Conmocionado el capitán dejó sentir su frustración:
–¡Pero coño!, eso da vergüenza, solo eso faltaba, que no se encuentre un jodío médico por estos alrededores, eso quiere decir que aunque lo hubiésemos encontrado vivo a lo mejor se moría por falta de atención médica.
Con una mirada larga e indiferente, el capitán, continuó lanzando improperios, mientras se rascaba un bigote, también largo, que le cubría el labio superior.
–Capitán, nosotros estamos capacitados para brindar servicios de primeros auxilios,
–respondió uno del equipo de rescate.
–¿Y eso de qué vale?, fíjense a la hora que han llegado uds. aquí, ya no hay disciplina, ni esmero por hacer las cosas correctamente.
–Pero capitán, eso no es así, ¿cómo puede Ud. decir eso?, fíjese que venimos desde Cabral y otros desde Barahona; yo, particularmente, creo que hemos llegado rápido.
El capitán que detestaba las excusas no pudo contener el enojo:
–¡No joda tanto y déjese de vainas; sea un poco más serio y responsable en su trabajo, que yo no tolero excusas, y cállese la boca!.
Un silencio agudo se apoderó del lugar, pero el señor del equipo de rescate tratando de justificar la tardanza siguió refunfuñando entre los dientes.
–Aquí no hay nada que hacer, ya el daño está hecho y nosotros no fuimos los responsables,
–la conversación terminó.
El médico legista entró al pueblo alrededor del medio día y con él llegaron dos oficiales, un  Primer Teniente pensionado de la Fuerza Aérea de apellido Reyes Melo y padre biológico del niño y el otro un Primer Teniente de la Policía Nacional de apellidos Fernández Feliz y padre adoptivo, quien había fungido estas funciones desde el nacimiento del niño y a quien todos reconocían como el padre del muchacho; a ellos se unía un grupo de familiares, excepto la madre y las dos abuelas quienes permanecieron en sus hogares por recomendación del médico, quien no quería ser perturbado y temía que las mujeres no resistieran ver las escenas a las que sería expuesto el cadáver.
Sin necesidad de preguntar llegaron al Memiso, pues el conglomerado delataba que ese era el lugar del hallazgo.
Los centinelas con fusiles en manos trataron de impedir el paso, pero al identificarlos cedieron.
–Entren por aquí y sigan por ahí derecho hasta que lleguen al rio, –dijo un centinela quien cortésmente levantó una cuerda floja de alambres de púa oxidada para que pudieran pasar sin rasguñarse.
Atravesaron el conuco recién sembrado de plátanos que estaban a media talla y matas de coco y de mango que adornaban los laterales; caminando sobre los muros se dirigieron a la parte trasera que era donde estaba el rio, como le había indicado el centinela.
–Saludos comandante, –dijeron ambos al mismo tiempo con voz entre cortadas; sincronizadamente dejaron caer los brazos sobre la cintura y subieron al muro de contención de las aguas.
–Saludos, –con la lengua a media asta contestó el oficial superior, quien pasada la hora del almuerzo, permanecían allí aún sin desayunar.
–Que tal comandante, soy el médico que examinará el cadáver, –dijo el legista— solo quiero que me abran paso porque necesito espacio, no puedo trabajar con tanta gente a mi alrededor, prefiero estar con mis ayudantes; ud. se pude quedar si prefiere, pero no es necesaria su presencia, –el oficial optó por quedarse.
Los padres no esperaron las instrucciones del legista y se lanzaron a la orilla del rio para ver de cerca el cadáver de su hijo Misael.
–No hay dudas es él, –así quedo el niño legítimamente identificado.
El médico ordenó que subieran el cadáver y que lo colocaran sobre una camilla portátil que pertenecía al equipo de rescate.
Por instrucciones del médico depositaron hojas de plátano por debajo y por los lados de la camilla para prevenir que los órganos extraídos se contaminaran con la tierra en caso de caer al suelo.
–Pueden retirarse porque será perturbador lo que podrían ver, –pero todos decidieron quedarse.
El niño, cuyo cadáver no estaba en estado de descomposición, presentaba cortaduras de armas blancas, entre otros traumas tan perturbadores que provocaban nausea.
El comandante, que tenía el estomago vacio, no pudo resistir e hizo intentos de vomitar pero en cambio se desmayó.
–Madre mía, que es lo que han hecho con este niño, –exclamo el médico–, mientras dictaba sus observaciones a uno de sus ayudantes que escribía.
Luego de observar los rasgos exteriores entre los que era evidente la falta de algunos órganos que normalmente no se desprenden por si solos y el abuso perpetrado por los criminales procedió a abrir el cuerpo; primero por delante, examinó cada uno de los órganos internos y luego volteó lo volteó para examinarlo por detrás y contó varias heridas; luego de evidenciar los traumas procedió a cerrar el cadáver –no tiene una gota de sangre–, dijo. Tomó los datos pertinentes a cada órgano; –suspiró y meneó la cabeza de manera incrédula a las evidencias– por ultimo examinó la región cefálica la cual presentaba quemaduras en el cuero cabelludo, evidentemente le habían incendiado el cráneo, extrajo el cerebro, y luego de observarlo decidió llevarlo al laboratorio patológico de Azua para un examen minucioso.
–Este niño no se ahogó, –exclamó el doctor– a este niño lo masacraron, pero para no especular me limitaré a decir que existen evidencias de crimen; cuando analice el cerebro emitiré un reporte formal –dijo— pueden retirar el cadáver inmediatamente para que le brinden cristiana sepultura.
El doctor tomó una bolsa plástica de esa que usan los médicos para poner hielo e introdujo el cerebro y procedió a marcharse cuando uno de los padres intervino.
–Doctor, espere un momento, necesito hablar con ud., –dijo el padre biológico— comandante, teniente por favor vengan acá, –continuo— Doctor, aquí en presencia de los oficiales díganos ¿qué cree ud. que sucedió?
–Bueno comprenderán uds. que yo soy un médico forense, que me encargo de investigar los diagnósticos y causas de las muertes de las personas, pero es función de los investigadores descubrir a los criminales y el motivo del crimen, no me gustaría especular pero puedo decir con certeza que el niño no se ahogó, sino que lo asesinaron, murió hace dos días; los criminales usaron armas blancas y métodos característicos a rituales que van en contra de nuestras leyes y que van más allá de nuestras creencias religiosas; pero eso lo determinarán los investigadores cuando den con el paradero de los criminales; y quiera Dios que así sea, –paró, respiró profundo, habló más claro y con mayor fuerza– porque este crimen no puede, ni debe quedar impugne.
Luego de unas cuantas palabras de aliento el doctor procedió:
–No sabemos por qué sucedió eso, pero pienso que los investigadores aun están a tiempo de descubrir quienes fueron los responsables, pues a mi entender este crimen está fresquecito.
–Gracias doctor, es de gran ayuda y creo que esto nos dará una pista respecto a cómo deberemos enfrentar la situación desde el punto de vista legal y moral –dijo el capitán– y procedió a retirarse del lugar junto a los padres y los demás oficiales rumbo a Peñón, en el vehículo del padre biológico, mientras la unidad de rescate se encargó de transportar el cadáver.
Dándole vueltas a la tómbola, sin concordancia, en el transcurso del camino hacían sugerencias para tratar de identificar las causas del crimen. Pensaron en los cinco jóvenes que estaban con Misael el día que desapareció –esos cinco jóvenes que se negaban a hablar y que quedaron libres por falta de evidencias– no podían comprender por qué uno de ellos, en particular, se negaba a testificar sugiriendo que no hablaría aunque le metiesen treinta años en la cárcel –que misterio– ¿por qué un niño diría algo así? y menos cuando se trata de la muerte de un hermano. Evidentemente ocultaban algo que impedía rastrear a los culpables.
–Yo no comprendo por qué a esos muchachos los libertaron tan rápido –dijo el padre biológico— eso es un peligro para ellos y para nosotros mismos.
–Precisamente por esa razón fue que lo detuvimos, pero desafortunadamente la ley protege a los vivos más que a los muertos, –dijo el comandante.
–Comandante y que si esos jóvenes también desaparecen, o aparecen muertos ¿a quién le van a echar la culpa? –sarcásticamente pregunto el padre bilógico.
El comandante quiso desasociarse de esa conversación, recomendando seguir el curso de la justicia, haciendo énfasis en el hallazgo del cadáver como prueba contundente para que sometieran una nueva orden de arresto en contra de los jóvenes implicados en el caso.
–Este es un caso que además de doloroso es patético y aloja dudas en quienes deben esclarecer la verdad y también en quienes deben informar las verdades, –dijo el padre adoptivo.
–Nosotros actuamos de acuerdo a la ley, la ética y la prudencia, –dijo el comandante.
–Quien dijo que en este país de mierda existe ley, ni la ética; dígame ud. que significa esa vaina, o con que se come eso ¿Por qué a la verdad que no entiendo?, –enojado enfatizó el padre adoptivo–, a Mililo lo encontraron, muerto y sumergido en el rio, ud. lo vió, en condiciones que alojan dudas desde el punto de vista investigativo y comunicativo –sin pelos en la lengua enfatizó– fue una muerte horrenda, la cual parece indicar que los investigadores se equivocaron, al igual que algunos comunicadores al publicar rumores; pues, desde el punto de vista del médico legista, se conocen las causas de la muerte del niño, así que si uds. hicieron todo de acuerdo a la ley y a la ética profesional debieron tener alguna pista, o por lo menos ahora que se encontró el cadáver deben mostrar interés por encontrar a los culpables para prevenir que sucedan estas cosas a las generaciones futuras.
El comandante con el rabo entre las piernas no pudo explicar el porqué en un pueblecito tan pequeño, de apenas kilometro y medio de largo y unos cuantos metros de ancho, donde viven dos o tres gatitos, tardaron una semana en dar con el paradero de un niño y peor aún, permanecían sin encontrar rastros criminales.
–Pero si lo encuentro yo y tomo la justicia en mis manos, a mi si me encuentran de una vez, ¿es a eso que ud. llama ley, ética o prudencia?, porque si es así yo estoy a punto de tirar la ley y la ética por la ventana y meterme la prudencia en un bolsillo; estoy a punto de agarrar a ese paquete de tigueritos charlatanes y bandidos y hacerle lo mismito que le hicieron a mi’jo, ¿qué le parece a ud.? –con rabia en los labios concluyó el padre bilógico.
El silencio se adueñó del lugar por un momento, porque todos callaron para dejar enfriar el estado de ánimo que parecía agitado.
El oficial superior ignoraba el hecho de que el doctor les había expresado su pensar al decir que “ese crimen no puede ni debe quedar impugne”; también ignoraba el oficial que la vida de otros niños al igual que Misael corría peligro y que ya los niños quedarían sin el privilegio de divertirse libre y sanamente, y que no podrían disfrutar de un baño en las aguas del río como lo habían hecho todos ellos en sus años de infancia. También ignoraba el oficial que en años anteriores en un acto misterioso, como el de Misael, le cortaron la cabeza a Don Franciscolo y aunque hubo muchos rumores y especulaciones no encontraron la cabeza del difunto, ni a los criminales; y es que en los pueblos donde la justicia no existe, lamentablemente, estos horrendos crímenes se repiten.
 
Escrito: Noviembre 28, 2011

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