El merengue como símbolo de lo nacional: una imposición


SANTO DOMIGO, República Dominicana.-El merengue es considerado como la música nacional dominicana. Pero esto ha sido producto de un nacionalismo que ha impuesto este ritmo como elemento para la homogeneización cultural del país.
Los primeros registros sobre el merengue aparecen en la isla de Puerto Rico, en 1849. Posteriores menciones se encuentran en documentos de 1854 en República Dominicana.
Para mediados del siglo XIX eran usuales las fusiones de músicas europeas como el vals, la polca y la contradanza con ritmos y corporeidades caribeñas. Fruto de esas mezclas surge el merengue, que en sus inicios fue duramente criticado por las élites dominicanas de la época.
De ese período también se han encontrado artículos periodísticos en los que se le catalogaba el merengue como lascivo y contrapuesto a las buenas costumbres de la sociedad.
A través del cultivo y comercialización del tabaco se produce intercambio con Alemania. Es así como comienzan a llegar los primeros acordeones a la región del Cibao, instrumento que junto a la tambora y la güira forman el básico del “perico ripiao”.
Durante la Segunda República el ritmo de merengue comienza a extenderse en el gusto de las clases populares del Cibao. Sin embargo, no se le confiere legitimidad hasta que durante la dictadura de Rafael Trujillo (1930-1961) es asumido como la música nacional.

En el caso de política cultural de la dictadura trujillista se apostaba a la creación de una cultura nacional en la que África figuraría lo menos posible

Una vez seleccionado como elemento de homogeneización cultural, el género fue apropiado por los músicos de las orquestas de salón –para “blanquearle”-, minimizando el sonido de la tambora y la güira. De esta manera se instauró lo que era deseable y apropiado en el merengue.
Dentro del discurso homogeneizante del Estado-Nación se excluyen los aspectos étnicos para promover un ideario correspondiente a los patrones de la cultura hegemónica.
Ana Ochoa, reconocida etnomusicóloga colombiana, en su libro “Músicas locales en tiempos de globalización” afirma que “la historia de un género musical determina no sólo un marco estético de definición sonora, sino también un marco valorativo del género mismo”.
En igual sentido, advierte que Latinoamérica ha sido lugar de claros procesos de homogenización cultural a través de la música. Ejemplos concretos de géneros musicales nacionales producto de la lógica de imposición cultural son la cueca chilena, el pasillo ecuatoriano y el bambuco colombiano.
Según el fallecido investigador, Fradique Lizardo, para mediados del siglo pasado la manifestación musical más extendida en República Dominicana eran los palos o atabales. En el caso dominicano resulta obvio que se ocultaron los ritmos de mayor influencia africana y se adoptó el merengue como música nacional.
Pero al igual que en otras naciones del Caribe, se utilizaron los instrumentos básicos del merengue como integrador del discurso sobre las tres etnias que forman la cultura dominicana. A saber: el acordeón europeo, la güira (que en merengue es de metal pero se deriva del güiro vegetal) y la tambora africana.
En el caso de la güira suele decirse que es herencia de la cultura taína. Empero, no existen evidencias de una posible influencia de la taína en la música dominicana. Sin embargo, ese relato colabora a la idealización de una nación producto de una “mezcla equilibrada de etnias” que se mantuvo durante todo el siglo XX.
Con el fin de homogeneizar a las masas, en los discursos nacionalistas se incorporan unos elementos de la memoria colectiva y sacrifican otros que no conducen a la unidad.
En el caso de política cultural de la dictadura trujillista se apostaba a la creación de una cultura nacional en la que África figuraría lo menos posible. Incluir a África en ese discurso representa reconstruir y explicar muchos hechos históricos que no han sido parte del discurso en torno a la Nación. Se presentan entonces la homogenización y el olvido como afán de las instituciones de poder.
En la actualidad el merengue mantiene una amplia popularidad que comparte con la bachata. Este último género musical se comienza a consumir ampliamente a inicios de la década del sesenta.
Después de décadas de discriminación, es a partir de su difusión internacional que la bachata se paulatinamente se integra al discurso nacional a través de lo musical. Situación que no se ha manifestado con los ritmos de música raíz (palos, sarandunga, congos) que aunque discriminados, todavía siguen siendo parte fundamental la cultura popular dominicana.
Por Teresa María Guerrero Núñez/Especial para Acento.com.do (*)

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